Como quien oye llover: el peligro de escuchar a Dios sin obedecer | Mateo 12

Texto base: Mateo 12:1-14

Muchas veces escuchamos la Palabra de Dios sin permitir que transforme nuestra vida. Oímos un sermón, leemos un pasaje o participamos de una reunión, pero seguimos igual. A esa actitud popularmente se la describe con una expresión muy conocida: «escuchar como quien oye llover».

En Mateo 12 encontramos dos maneras completamente diferentes de responder a Jesús. Por un lado, están los fariseos, que escuchan sus palabras, ven sus milagros y aun así endurecen su corazón. Por otro, aparece un hombre con la mano seca que, al obedecer la voz del Señor, experimenta una transformación completa.

Cuando la religión reemplaza al corazón

El conflicto comienza cuando los discípulos de Jesús recogen espigas en el día de reposo porque tienen hambre. Los fariseos los acusan inmediatamente de quebrantar la ley.

Jesús les responde recordándoles que Dios nunca estableció sus mandamientos para perjudicar al ser humano, sino para bendecirlo. El descanso era un regalo de Dios, pero ellos habían convertido ese regalo en una carga.

Entonces Jesús declara una verdad que resume el corazón de Dios:

«Misericordia quiero, y no sacrificio.» (Mateo 12:7)

La obediencia nunca puede separarse de la misericordia. Cuando una interpretación de la ley nos hace perder de vista a las personas, hemos dejado de reflejar el corazón de Dios.

La mano seca y una vida improductiva

A continuación, Jesús entra en la sinagoga y encuentra a un hombre que tenía seca su mano derecha.

Más allá de la enfermedad física, esa mano representaba su capacidad para trabajar, servir y desarrollarse. Era una limitación que afectaba toda su vida.

Jesús no vino solamente a informar o enseñar; vino a transformar.

Donde Jesús está presente hay esperanza para aquello que parece estancado, roto o improductivo. Él sigue restaurando vidas, relaciones, familias y corazones.

Cuando le dijo:

«Extiende tu mano.»

El hombre obedeció. Ese acto de fe abrió la puerta para que Dios hiciera el milagro.

Muchas veces también nosotros necesitamos poner delante del Señor aquello que está «seco»: nuestro carácter, nuestras relaciones, nuestra vida espiritual, nuestras prioridades o aquellas áreas donde ya no estamos dando fruto.

El peligro de escuchar sin aprender

Los fariseos hicieron preguntas, pero no buscaban aprender.

Su objetivo era encontrar una razón para acusar a Jesús.

Ese es uno de los mayores peligros de la vida espiritual: acercarnos a la Palabra con conclusiones ya tomadas, sin disposición para ser corregidos.

Cuando dejamos de aprender, dejamos de crecer.

Un corazón humilde siempre hace preguntas para conocer mejor a Dios, mientras que un corazón orgulloso pregunta únicamente para defender su propia posición.

Siete características del espíritu fariseo

El relato nos permite identificar actitudes que también pueden aparecer en nuestro corazón:

  • Dar más importancia a la apariencia que a la transformación interior.
  • Sentirse superior a los demás.
  • Ser muy exigente con otros, pero indulgente con uno mismo.
  • Dar demasiada importancia a asuntos secundarios y descuidar la justicia, la misericordia y la fe.
  • Colocar las tradiciones humanas por encima de la Palabra de Dios.
  • Valorar más el cumplimiento externo de reglas que el bienestar de las personas.
  • Resistirse a la corrección y a la enseñanza.

Estas actitudes no son solamente un problema de los fariseos del primer siglo. Son una advertencia para todos nosotros.

Cambiar nuestros pensamientos por los de Dios

El gran contraste del pasaje está entre quienes endurecieron su corazón y quien respondió con obediencia.

Los fariseos salieron buscando destruir a Jesús.

El hombre de la mano seca salió restaurado.

La diferencia no estuvo en la cantidad de información que recibieron, sino en la disposición de su corazón.

El apóstol Pablo vivió esa misma transformación. Aquel que alguna vez fue «fariseo de fariseos» llegó a reconocer que todo aquello en lo que antes confiaba no tenía valor comparado con conocer a Cristo (Filipenses 3).

Cuando permitimos que Dios transforme nuestra manera de pensar, comenzamos a experimentar también una vida transformada.

Una invitación para hoy

Todos tenemos áreas que necesitan el toque restaurador del Señor.

Quizás sea una relación rota, una actitud orgullosa, una falta de misericordia, un pecado persistente o una vida espiritual que ha perdido fruto.

La invitación de Jesús sigue siendo la misma:

«Extiende tu mano.»

No escuchemos la voz de Dios como quien oye llover, dejando que sus palabras pasen sin producir cambios.

Escuchémoslo con un corazón dispuesto a obedecer, para que Él transforme aquello que nosotros no podemos cambiar por nuestras propias fuerzas.

Cuando ponemos nuestros pensamientos a los pies de Cristo y abrazamos los suyos, descubrimos que su voluntad siempre es mejor que la nuestra y que su misericordia tiene el poder de restaurar completamente nuestra vida.


Pastor Alejandro Las

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