El peligro de los pensamientos negativos en la vida del creyente

Cómo proteger nuestro corazón y cuidar la unidad de la iglesia

Todos tenemos pensamientos que aparecen de manera inesperada. Algunos nos animan, nos acercan a Dios y fortalecen nuestra fe. Otros, en cambio, si no son llevados a la presencia del Señor, pueden convertirse en una fuente de desánimo, resentimiento, crítica o división.

La Biblia nos enseña que muchas de las batallas más importantes no comienzan en las circunstancias externas, sino en nuestro interior.

Por eso el apóstol Pablo escribe:

“Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.”
2 Corintios 10:5

No todo pensamiento que llega a nuestra mente proviene de Dios. Tampoco todo lo que pensamos refleja la realidad. Como creyentes, estamos llamados a examinar nuestros pensamientos a la luz de la Palabra.

La batalla espiritual comienza en la mente

Muchas veces imaginamos la guerra espiritual como algo visible o extraordinario. Sin embargo, una de las primeras áreas donde el enemigo intenta trabajar es nuestra manera de pensar.

El libro de Proverbios declara:

“Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él.”
Proverbios 23:7

Nuestros pensamientos terminan moldeando nuestras emociones.

Nuestras emociones influyen en nuestras decisiones.

Y nuestras decisiones terminan definiendo el rumbo de nuestra vida.

Por eso resulta tan importante cuidar aquello que permitimos permanecer en nuestra mente.

Un pensamiento puede crecer hasta dividir una iglesia

Los conflictos dentro de una iglesia rara vez comienzan de un día para otro.

Generalmente empiezan con algo aparentemente pequeño:

  • una sospecha;
  • una interpretación equivocada;
  • una palabra mal entendida;
  • una crítica silenciosa;
  • una comparación;
  • un sentimiento de no ser valorado.

Cuando esos pensamientos no son confrontados con la verdad de Dios, comienzan a crecer.

Primero afectan nuestro corazón.

Después afectan nuestra manera de hablar.

Finalmente terminan afectando a otras personas.

La Escritura advierte:

“Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados.”
Hebreos 12:15

La amargura nunca permanece aislada.

Siempre termina alcanzando a otros.

Por eso proteger la unidad de la iglesia comienza por proteger nuestro propio corazón.

No todo lo que pensamos es verdad

Vivimos en una cultura que suele decir: “Sigue lo que sientes” o “Haz caso a tu corazón”.

La Biblia enseña algo diferente.

Pablo dice que debemos llevar cautivo todo pensamiento.

Es decir, no aceptar automáticamente todo lo que aparece en nuestra mente.

Preguntas como estas pueden ayudarnos:

  • ¿Este pensamiento refleja la verdad de Dios?
  • ¿Estoy interpretando correctamente la situación?
  • ¿Lo que estoy pensando edificará o destruirá?
  • ¿Estoy reaccionando desde el amor o desde la herida?

Muchas veces descubriremos que aquello que parecía tan evidente era solamente una interpretación equivocada.

El ejemplo de Elías: cuando el desánimo distorsiona la realidad

Uno de los mejores ejemplos bíblicos aparece en la vida del profeta Elías.

Después de una gran victoria espiritual en el monte Carmelo, terminó huyendo, deprimido y deseando morir.

Le dijo al Señor:

“Basta ya, oh Jehová, quítame la vida…”
1 Reyes 19:4

Más adelante afirmó:

“Sólo yo he quedado…”
1 Reyes 19:10

Pero esa afirmación no era cierta.

Dios le respondió que todavía había siete mil hombres que permanecían fieles.

El problema de Elías no era solamente el cansancio.

Era que sus pensamientos habían comenzado a distorsionar la realidad.

¿Cuántas veces también nosotros pensamos?

“Nadie me valora.”

“Todo está perdido.”

“No vale la pena seguir sirviendo.”

“Estoy solo.”

En esos momentos necesitamos escuchar la misma pregunta que Dios hizo a Elías:

”¿Qué haces aquí, Elías?”
1 Reyes 19:9

Dios no había terminado con él.

Y tampoco ha terminado con nosotros.

Los pensamientos también afectan nuestro servicio

El enemigo no solamente intenta alejarnos de Dios.

También procura desanimarnos para que abandonemos aquello que Dios nos llamó a hacer.

Los pensamientos de renuncia suelen comenzar en silencio:

  • “Otro podría hacerlo mejor.”
  • “Estoy cansado.”
  • “Nadie aprecia lo que hago.”
  • “Ya no vale la pena seguir.”

Pero Dios nunca llamó a personas perfectas.

Llamó personas dispuestas.

Por eso Pablo recuerda:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”
2 Timoteo 1:7

Ese dominio propio también incluye aprender a gobernar nuestra mente.

Renovar la mente cada día

La solución bíblica no consiste en ignorar los problemas.

Consiste en enfrentarlos con una mente renovada por la Palabra de Dios.

Romanos 12 nos anima diciendo:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento…”
Romanos 12:2

Cada día podemos decidir alimentar nuestra mente con la verdad de Dios en lugar de las mentiras del temor, la crítica o el desánimo.

Cuanto más tiempo pasamos en la presencia del Señor, más aprendemos a pensar como Él piensa.

Una iglesia fuerte protege su unidad

Toda iglesia atravesará desafíos.

Habrá diferencias de opinión, momentos difíciles y personas imperfectas.

La fortaleza de una iglesia no consiste en no tener problemas.

Consiste en enfrentarlos bíblicamente.

En hablar la verdad con amor.

En buscar la reconciliación.

En cuidar a los hermanos antes que alimentar las críticas.

Como escribe Pablo:

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación…”
Efesios 4:29

Nuestras palabras siempre revelan aquello que estamos alimentando en el corazón.

Una invitación a examinar nuestro corazón

Antes de terminar, vale la pena hacernos algunas preguntas:

  • ¿Estoy alimentando pensamientos que vienen de Dios o pensamientos de desánimo?
  • ¿Estoy interpretando correctamente las situaciones o sacando conclusiones apresuradas?
  • ¿Mis palabras edifican a otros o alimentan la crítica?
  • ¿Estoy cuidando la unidad de la iglesia con la misma dedicación con la que cuido mis propios intereses?

El salmista hizo una oración que también puede ser la nuestra:

“Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía y redentor mío.”
Salmo 19:14

Que Dios nos ayude a llevar cada pensamiento cautivo a Cristo, a renovar nuestra mente por medio de su Palabra y a ser una iglesia que refleja el amor, la gracia y la unidad que Él desea para su pueblo.


Pablo de León

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